quinta-feira, março 02, 2006

Juevebes de Ceniza, Poesías del escritor albanés Yorgos Seferis (uno de tantos de nostros Narcos Teóricos)

43*
XXIV


Finalizan aquí los oficios de la mar, los trabajos del amor.
Cuantos retornen un día aquí, a la vida
(donde nosotros acabamos)
si por ventura oscurece la sangre en su recuerdo
y se desborda,
que no se olviden de nosotros
frágiles almas entre los asfódelos,
que vuelvan hacia el Érebo las cabezas de las víctimas:
nosotros, que nada tuvimos, les enseñaremos el sosiego.
Diciembre 1933-diciembre 1944



148*
Los gatos de San Nicolás (fragmiento).


Sonó la campana del barco
como la moneda de una ciudad desaparecida
y su sonido al caer reavivó
la caridad de pasadas limosnas.

¿Qué extraño -respondió el capitán-
esta campana, un día como hoy,
me ha recordado aquella otra, la del monasterio.
Me contó la historia un monje,
medio loco y soñador:
"En tiempos de la gran sequía
-cuarenta años sin llover-
las gentes morían y nacían serpientes.
Millones de serpientes en este promontorio,
gruesas como la pierna de un hombre
y venenosas.
Monjes de San Basilio
regentaban entonces el monasterio de San Nicolás
y no podían trabajar los campos
ni sacar los rebaños a pacer;
los gatos que criaban los salvaron.
Cada amanecer sonaba la campana
y en masa salían a la lucha.
Peleaban todo el día hasta la hora
en que tocaban a la colación de la tarde.
Tras la cena, de nuevo la campana,
y salían al combate de la noche.
Asombraba, cuentan, verlos
uno cojo, otro tuerto, otro sin hocico
o desorejado, el pellejo hecho jirones.
Así, con cuatro toques cada día
pasaron meses, años, tiempo y más tiempo.
Ferozmente tenaces y siempre heridos
aniquilaron a las serpientes, pero al final
también ellos perecieron, incapaces de resistir tanto veneno.
Como un barco recién hundido
nada dejaron en la espuma
ni maullidos, ni toque de campana.
¡Avante toda!
¿Qué iban a hacer los desdichados,
peleando y bebiendo día y noche
sangre emponzoñada de serpientes?
Siglos de veneno; generaciones de veneno".
"¡Avante toda!", repitió indiferente el timonel.
Miércoles, 5 febrero 1969.



IV
Argonautas



Y un alma
si quiere conocerse a sí misma
en un alma
ha de mirarse:
al extranjero, al enemigo, lo vimos en el espejo.

Eran bravos muchachos los compañeros, no les herían
ni la fatiga, ni la sed ni el hielo,
poseían el temple de los árboles y las cosas
que aceptan la lluvia y los vientos
-aceptan la noche y el sol-
sin mudar en medio de los cambios.
Eran buenos muchachos, días enteros
sudaban en los remos con la vista baja
respirando al compás
y su sangre enrojecía una piel sumisa.
Una vez empezaron a cantar, con la vista baja,
cuando pasamos por la isla yerma de los nopales
hacia el oeste, más allá del cabo de los perros
que ladran.

Si quiere conocerce a sí misma, decían,
en un alma ha de mirarse, decían,
y hendían los remos el oro de la mar
en el ocaso.
Doblamos muchos cabos muchas islas la mar
que a otra mar lleva, gaviotas, focas.
En ocasiones, desdichadas mujeres a gritos
lamentaban a los hijos que perdieron
y otras, enloquecidas, buscaban al gran Alejandro
y las glorias perdidas en los abismos de Asia.
Atracamos en playas rebosantes de fragancias nocturnas
de trinos de aves, de aguas que dejaban en las manos
el recuerdo de una felicidad inmensa.
Pero los viajes no tenían fin.
Sus almas se fundieron con los remos y crecimos
con la grave figura de la proa
con la estela del timón
con el agua que zahería sus rostros.
Los compañeros murieron uno tras otro,
con la vista baja.
Sus remos muestran el lugar donde yacen en la playa.

Nadie les recuerda, justicia.



75*
IV Hogueras de San Juan


Nuestro destino, plomo derretido, no puede cambiar,
a nada puede llegar.
Derramaron el metal encendido en el agua bajo las estrellas y
¡a encender las hogueras!

Si te quedas desnuda frente al espejo a medianoche ves
ves pasar al hombre en lo profundo del espejo;
al hombre que dentro de tu destino rige tu cuerpo
entre la soledad y el silencio,
al hombre de la soledad y el silencio
y ¡a encender las hogueras!

En el instante en que termina el día y el siguiente
aún no empieza
en el instante en que el tiempo se detiene,
aquel que desde ahora y desde el principio rige tu
cuerpo
es a quien hay que hallar
es a quien hay que buscar,
que al menos algún otro lo encuentre cuando hayas muerto.

Son siempre los niños quienes encienden las hogueras y gritan
ante las llamas, en la noche cálida
(¿Acaso hubo algún fuego que no encendiera un niño, Heróstrato?)
¿y quiénes echan sal a las llamas para que crepiten?

(De que modo tan extraño nos miran de improviso las cosas,
crisoles de los hombres, cuando un resplandor las acaricia).
Pero eres tú quien conoce el canto de la piedra
en la roca batida por el mar.
la tarde en que cayó la calma;
tú quien escuchó a lo lejos la voz humana de la soledad
y el silencio dentro de tu cuerpo,
aquella noche de San Juan
cuando todas las hogueras se apagaron
y tú quien meditó ante la ceniza bajo las estrellas.



81
5. Hombre (fragmento)



Nos decían: cuando estén sometidos vencerán.
Fuimos sometidos y encontramos la ceniza.
Nos decían: cuando amen vencerán.
Amamos y encontramos la ceniza.
Nos decían: cuando renuncien a su vida vencerán.
Renunciamos a nuestra vida y encontramos la ceniza…

Encontramos la ceniza. Falta que volvamos a encontrar nuestra vida, ahora que ya no tenemos nada. Imagino que aquel que vuelva a hallar la vida, pese a papeles, a tantas sensaciones, tantas luchas y tantas doctrinas, será alguien como nosotros, sólo que un poco más duro de memoria. Nosotros, imposible, aún recordamos lo que hemos dado. Aquél recordará tan sólo cuánto ganó por cada ofrenda suya. ¿Qué puede recordar una llama? Si recuerda un poco menos de lo preciso, se apaga; si recuerda un poco más de lo preciso, se apaga. ¡Ojalá pudiera enseñarnos, mientras arde, a recordar con precisión. Yo he terminado; si al menos hubiera otro que empezara donde yo he terminado.


Yorgos Seferis

2 Comments:

Anonymous Anônimo said...

seferis albanes?

3:51 PM  
Blogger Paurake said...

claro, todos los griegos son -en el fondo- albaneses

7:27 PM  

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