sexta-feira, setembro 02, 2005

Mario Payeras, cenizas del comandante

Hoy sé que así tratabas de explicarme que el mundo
es demasiado grande para nuestra nostalgia.
Mario Payeras.


Encontramos la ceniza. Falta que volvamos a encontrar
nuestra vida, ahora que ya no tenemos nada.
Yorgos Seferis.


I
Estos son nuestros recuerdos de un escritor que no ganó el nóbel como Asturias, ni fue tan astuto y prolífico como Monterroso; ni siquiera llegó a ser una promesa de la literatura de Guatemala como Rodrigo Rey Sosa porque ya está muerto (Chimaltenango, 1940-México, 1985). Falleció en un doble exilio, pocos lo recuerdan. Justicia.

II
Lo conocimos en una librería del centro de las ciudades, cierta tarde en que vagabámos leyendo algunos títulos y fragmentos, o preguntando precios de volúmenes que nunca compramos; en fin, viendo pasar las horas que no nos hacían falta. Por azar tomamos un volumen titulado El mundo como flor y como invento (1987) y ya no nos desprendimos de él. De hecho, compramos después todos los ejemplares existentes (cinco o seis) y los regalamos a gente apreciada.

El libro consta de nueve textos cuya prosa es un claro engima: sencilla, filosófica, desbordante de imágenes, paisajes, objetos cotidianos, gente, y muchos pájaros; contradictoria -pero felizmente- el volumen puede leerse también como un texto de poesía: lleno de fragmentos alados, ligeros: articula una melodía que a punto de decirnos algo se calla dejándonos en suspenso. Algunos de sus títulos pueden darnos una idea más precisa de su contenido: “Historia del maestro músico que tardó toda la vida para componer una pieza de marimba”, “Historia del guacamayo que se extravió en la materia”, “Historia de la boa ratonera que no sintió pasar el tiempo”, “Historia de la gaviota del golfo cuyo esqueleto floreció en primavera”.

III
El texto y el autor generan más preguntas que respuestas y por un tiempo tratamos de conseguir información sobre su persona u otros de sus títulos: les preguntamos a algunos escritores de la localidad, a un librero experto, revisamos suplementos culturales: nada. En las librerías de la localidad sólo encontramos otro de sus textos: Latitud de la flor y el granizo (1988), ensayo histórico-geológico que empieza así: “Influido por el campo primaveral terrestre, Guatemala es un país que florece a lo largo del año y donde a la vez graniza. Está situado en el cinturón tropical del planeta -la patria del ser humano-, compartiendo con una docena de países los privilegios de su latitud florida...”, y que finaliza de la siguiente manera: “Únicamente entonces, en el naranjo nupcial el cenzontle cantará la verdad de la vida, y Guatemala -el minúsculo espacio que por ahora nos toca transformar en la Tierra-, será un fragmento del mundo sin azacuanes extintos, donde en cambio gobernemos los procesos de la flor y el ciclo del granizo...”

IV
Cuando nos sentíamos un poco resignados a no tener más noticias de Payeras supimos por una nota periodística perdida que había fallecido; además, que tenía el grado de comandante, en alguno de los mil y un ejército guerrilleros de la Tierra Nuestra que otros llaman América.
Fue un reencuentro triste porque lo creíamos vivo; pero, sobre todo, porque supimos que sus restos no descansan en paz. Una especie de maldición, la sombra del odio, se ciernen sobre su sepulcro que ha sido profanado en dos ocasiones; de hecho, en la última (19-XI-96) sus cenizas fueron hurtadas del panteón municipal de Tuxtla Gutierréz, Chiapas.
Es un detenido-desaparecido de ultratumba y quizás sus restos hayan sido disgregados para siempre en el fuego del mar o en el fondo de una hoguera. Aunque eso quizás poco importa, el mismo decía: “No recordamos ya cómo éramos al principio/porque con cada día parte un cadáver nuestro/a pudrirse en el tiempo”.

V
Así han pasado los años, después hemos hallado en la biblioteca de la facultad de Filosofía y Letras (UANL) otro de sus textos: Los días de la selva (1981), que narra su travesía y primeros trabajos guerrilleros en el vecino país; este libro ganó el premio Casa de las Américas.
Cuando tuvimos acceso a internet y le supimos las mañas básicas fue nuestra primera búsqueda sistemática en línea; en esa red de redes es posible hallar un par de artículos sobre su persona y obra, seis poemas, dos cuentos; fragmentos de testimonios sobre su vida en las ciudades y la selva. Un par de fotografías.
Posteriormente, en un encuentro de escritores abordamos a Rodrigo Rey Sosa y le preguntamos sobre su paisano. Dijo desconocer su obra pero se sabía un par de títulos, prometió enviarnos su bibliografía y cumplió su palabra, meses después nos llegó una carta con la lista; gracias a Sosa podemos añadir los siguientes textos: “Asedio de la utopía”, “El trueno de la ciudad” (1987), “Poemas de la zona reina” (1989), “Los fusiles de octubre” (1991).
Recientemente hallamos otra de sus huellas: en el libro La utopía desarmada, Cardoza y Aragón cuenta que cierto día de 1975 arribó a su casa de la ciudad de México un militante de izquierda: el visitante quería saber, como muchos qué debía ser en la vida: escritor o revolucionario. Luis Cardoza, que sabía bastante de ambos medios y conocía el talento y la dedicación de su visitante a las dos causas, no contestó. Dijo simplemente que, si podía, en definitiva Mario Payeras tenía que ser ambas cosas. Y así fue.

VI
Finalmente, podemos darles una breve semblanza. Payeras fue un hombre de Armas y Letras: herramientas invocadas por muchos, pero trabajadas al mismo tiempo por muy pocos. Estudió filosofía, viajó a Europa, vivió y escribió en México. No comulgó con las camarillas de la Jornada, Proceso, Nexos; mucho menos con las de Vuelta. Tampoco fue un intelectual de café o un turista revolucionario.
Guerrero y escritor de la periferia: viajó en los años setenta rumbo al sur y cruzó la línea divisoria de Chiapas con un grupo de locos para quienes no había frontera entre teoría, praxis y poesía; en Guatemala, fundó con otros el Ejército Guerrillero de los Pobres. Posteriormente, tuvo discrepancias con la dirigencia del EGP y volvió al exilio en México, acá murió y fue enterrado en Chiapas.
Nos despedimos con su palabra:

Nosotros somos comunistas
y se nos hace fácil el proyecto
de repartir los bienes materiales
porque no tenemos nada;
pero no repartimos de la misma manera
el amor de nuestro corazón,
pues no somos todavía
como esos inolvidables compañeros de la sierra
que siempre han ignorado el sentido
y la teoría de la propiedad terrestre.
Verano del 2000 (SEC).

1 Comments:

Anonymous Anônimo said...

Muchas gracias por dedicarle estas líneas tan bien escritas y por demás necesarias, de lo que ha sido Mario Payeras.

4:09 AM  

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